“La doctrina de Dios”

L A  D O C T R I N A  D E  D I O S

INTRODUCCIÓN

Las ideas que suscribimos con nuestra mente influyen poderosamente en nuestro comportamiento y nuestro estilo de vida.

La doctrina y la ética suelen ir cogidas de la mano.

Por supuesto, es posible profesar fe en ciertas creencias y luego comportarnos de tal manera que nuestra vivencia pone en entredicho la fe que profesamos.

Pero, en general, nuestro estilo de vida es un reflejo de lo que auténticamente creemos, y las doctrinas que abrazamos determinan en gran medida nuestras actitudes y acciones ante la vida.

No debe extrañarnos, por tanto, que las epístolas del Nuevo Testamento combinen a menudo enseñanzas doctrinales con exhortaciones éticas. Para los apóstoles, ambas cosas eran inseparables.

Tal es el caso del escrito que servirá de base la Epístola a Tito. En ellos, el apóstol Pablo irá alternando textos de notable contenido ético (Ti. 2:2–10; Ti. 3:1–3) con otros de profunda enseñanza doctrinal (Ti. 2:11–14; Ti. 3:4–7).

Lo hace porque tiene la convicción de que los cristianos sólo aprenderán a vivir correctamente si antes se les ha enseñado a pensar correctamente.

Una adecuada comprensión de los propósitos de Dios revelados en el evangelio es el fundamento para una vida moralmente sana.

En el capítulo 1, el apóstol ha denunciado el serio daño que ciertos maestros judaizantes estaban causando en las iglesias de Creta, desviando la atención de los fieles hacia asuntos necios que no contribuían para nada a su verdadera edificación moral y espiritual.

Para combatir esta influencia nociva, el apóstol ha propuesto un ataque en dos frentes.

Ve la necesidad, por un lado, de reprender duramente a aquellos creyentes que se dejan influir por esas enseñanzas (vs. Ti. 13–14); y, por otro, de taparles la boca a los falsos maestros (vs. Ti. 10–11).

Para llevar a cabo esta estrategia doble, entiende la importancia de nombrar en cada congregación a un buen equipo de ancianos (v. Ti. 5), hombres de Dios fieles y maduros que pueden servir como pastores proporcionando sana comida al rebaño y protegiéndolo de los estragos causados por los judaizantes.

Por lo tanto, una de las notas dominantes del capítulo 1 ha recaído sobre el contraste entre la enseñanza enfermiza de los falsos maestros (vs. Ti. 10–11, Ti. 15–16) y lo que Pablo denomina la sana doctrina (v. Ti. 9), aquella doctrina saludable que procede de la revelación divina y que sirve para la curación de los males morales y espirituales de la congregación.

Sólo la sana doctrina debe ser enseñada por los líderes de la iglesia.

Ahora, en el , dejamos atrás el tema de los pastores a fin de concentrar nuestra atención en diferentes grupos sociales dentro de la iglesia (cinco en total) y en los deberes morales de cada uno de ellos (vs. Ti. 2–10).

En cada caso, Pablo enseña la ética que debe caracterizar al grupo en cuestión. La implicación es que el evangelio, cuando es fielmente enseñado, debe producir cierto estilo de vida en los que lo abrazan.

Quien nace de nuevo, como consecuencia de haberse arrepentido de sus pecados y de haber creído el evangelio, no puede vivir igual que antes.

Esta idea, fundamental en la enseñanza de esta epístola, será ampliamente expuesta en los capítulos 2 y 3, pero ya estaba implícita en el capítulo 1, en el contraste entre los falsos maestros y los ancianos fieles: los falsos maestros ni comen ni dejan comer; ni son santos ellos mismos, ni cultivan la santidad en sus seguidores; son inútiles para cualquier obra buena (v. Ti. 3-16).

Tito y los ancianos, en cambio, por medio de su ejemplo y su predicación fiel (Ti. 1:9; Ti. 2:7), deben inculcar en los miembros de la congregación aquellas buenas obras que son apropiadas para su situación social y que hacen honor al evangelio que profesan (Ti. 2:10).

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