…Seréis Perfectos

“SERÉIS PERFECTOS” (Mt. 5.1-48)
El Sermón y el Evangelio del Reino.

El Sermón del Monte el reino de los cielos nunca está lejos del pensamiento de Jesús. Es mencionado específicamente en (Mt. 5:3, Mt. 5:10, Mt. 5:19, Mt 5:20; Mt. 6:10, Mt. 6:33; y Mt. 7:21), e implícitamente en otras muchas ocasiones.

Pero, además, Mateo acaba de hablarnos acerca del evangelio del reino que Cristo predicaba en esta fase de su ministerio (Mt. 4:17, Mt. 4:23; cf. Ma 1:14–15).

Es decir, habiendo explicado que Jesús se entregaba a la predicación del evangelio del reino, Mateo ahora nos da un ejemplo de ella.

Sin embargo, si hiciéramos un resumen de lo que los creyentes de hoy consideramos que es la esencia del evangelio, sospecho que no tendría mucha similitud con el contenido del Sermón del Monte.

¿Cómo es esto? ¿Es que el evangelio de Jesús era distinto del nuestro?

No lo creo. Lo que pasa, más bien, es que, en el Sermón del Monte, Mateo nos da un ejemplo de lo que Jesús comenzó a predicar (Mt. 4:17).

El sermón corresponde al inicio de la predicación de Jesús y a una primera fase de su ministerio, pero no pretende agotar su mensaje.

Es de suma importancia que escuchemos el testimonio de Mateo a este respecto, porque así evitaremos caer, como algunos, en la torpeza de pensar que el mensaje de Jesús no era igual al mensaje predicado por los apóstoles.

Mateo nos explica que el ministerio docente de Jesús tuvo dos fases claramente diferenciadas.

En la primera, se dedicó a llamar a la gente al arrepentimiento en anticipación de la llegada del reino, a hablarles acerca de la calidad moral y espiritual que la vida del reino exige, y a desvelar la profunda enfermedad moral del ser humano.

A la vez, se iba revelando como Mesías y como Hijo de Dios.

Sólo fue a continuación de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipos cuando Jesús cambió el enfoque de su enseñanza y procedió a la segunda fase: la de comunicar a los discípulos que iba a morir y a resucitar:

Mt. 6:16 Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.

Mt. 6:21 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Si ahora, al principio de su ministerio público, Jesús no dedica tiempo a explicar sobre qué base el hombre puede llegar a estar en condiciones para entrar en el reino, no es porque predicara un evangelio diferente del de los apóstoles, sino porque aún no había llegado el momento de la segunda fase.

Sólo había comenzado a predicar.

Primero, era necesario que anunciara el alto listón exigido por Dios para la vida del reino. Luego, más adelante, explicaría cómo éste puede ser alcanzado por hombres perdidos y pecadores como nosotros, en virtud de su muerte y resurrección.

La primera fase nos deja sumidos en la más terrible desesperación. Pero, así, nos prepara para las auténticas buenas nuevas de la segunda fase: Cristo hace posible que alcancemos el listón de Dios y entremos en su reino.

Sin embargo, conviene que entendamos, antes de entrar en el estudio del sermón, que sólo la obra redentora de Cristo puede capacitarnos para alcanzar sus demandas. Éstas sobrepasan las mejores intenciones del hombre natural.
La ética del Sermón del Monte es la ética absoluta del reino de Dios. No debemos suponer que somos capaces, en este mundo, de amar a nuestros enemigos con la misma medida de amor con la que Dios nos ha amado a nosotros; ni que podemos ser tan desinteresados, sencillos, libres de deseos mundanos y ansiedad, abnegados y dispuestos para el sacrificio de nuestros intereses egocéntricos, como las palabras de Cristo nos exigen.

No obstante, éstas constituyen la medida según la cual todas nuestras acciones son juzgadas.

Este sermón no puede aplicarse como norma de vida para el hombre natural, es decir, el hombre sin Dios, ya que no sería más que un conjunto de leyes que le llevarían a la condenación, pues sus normas son tan altas y tan santas que ninguna persona que no sea salva puede alcanzarlas.

Si aun la ley de Moisés ofrecía un listón inalcanzable para el hombre caído, cuánto más la «radicalización» de la ley que encontramos en el sermón.

Cristo enseña que no vale ante Dios una justicia que sólo hace que los actos externos del hombre se conformen con la ley; nuestra justicia tiene que alcanzar los resortes más íntimos de nuestro ser: nuestra motivación, voluntad y corazón. Sólo la obra renovadora y regeneradora del Espíritu de Dios puede alcanzar estos niveles.

En cierto sentido, pues, el sermón debe llevarnos a la desesperación. ¿Cuál habrá sido la reacción de los discípulos ante el Mt. 5:20: Si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos?

Supongo que pensarían que, entonces, la salvación es imposible.

Sin contar con los recursos transformadores de la gracia divina, el sermón no sirve nada más que para condenarnos. Establece nuevos listones que nos resultan inalcanzables.
Bien entendido, constituye una terrible condenación de nuestra miserable condición humana.
Pero el mismo Cristo que predica el sermón se manifestará, posteriormente, como mediador de la necesaria gracia divina. Nosotros, en la carne, no podemos vivir la vida descrita en el sermón; pero la ofrenda de la cruz nos hace perfectos para siempre y el Espíritu de Cristo en nosotros nos capacita para ella, transformándonos a la imagen de aquel único hombre que la ha vivido en este mundo.

Por lo tanto, sería un gran error pensar que podemos, en la carne, satisfacer las exigencias del sermón. Pero es igualmente equivocado pensar que, a causa de la obra de Cristo, podemos prescindir de estas exigencias.

Precisamente porque los recursos de la gracia de Dios están a nuestra disposición, el Sermón del Monte deja de ser una utopía inalcanzable y se convierte en la hermosa meta que, por la gracia de Dios y en el poder del Espíritu de Cristo, todo creyente aspira a alcanzar.

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